Como cristianos, queremos ver el “poder de Dios” sobre nosotros como vemos en las páginas del Libro de Hechos (y realmente a través de todo el Nuevo Testamento). Queremos el denuedo que vemos en la primera iglesia (Hech 4.31). Queremos el fruto que vemos durante el primer siglo. O sea, queremos ver el “poder de Dios” en nuestros días, en nuestras iglesias y aun en nuestras propias vidas. Y no lo queremos ver para fines egoístas; lo queremos ver porque amamos a Dios y queremos que Él se glorifique en y a través de nosotros.

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. [Rom 1.16]

El poder de Dios es el evangelio del Señor Jesucristo y este poder se manifiesta (se ve; es visible) en los que creen. Es decir que Dios ya está haciendo Su parte en todo esto porque Él quiere manifestar Su “poder” para que podamos “verlo” y glorificar a Él. La manifestación de este poder, entonces, no depende tanto de una obra especial de Dios que Él sólo hace de vez en cuando y sólo en algunos cuantos, porque Él ya está haciendo Su obra en todos y en todo el mundo:

Y cuando él [el Espíritu] venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. [Juan 16.8-11]

Y yo [Jesucristo], si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. [Juan 12.32]

El cual [Dios] quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. [1Tim 2.4]

El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. [2Ped 3.9]

La manifestación del poder de Dios depende de los que oyen el evangelio:

Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar. [Mat 12.41]

En Mateo 12.41, Jesús dice claramente que el avivamiento (la manifestación del poder de Dios para la salvación de las multitudes) en Nínive sucedió porque los hombres de allá se arrepintieron. No era ninguna “obra especial” de parte de Dios. Más bien, Dios quiere lo mismo para todos: ¡Avivamiento! Dios quiere darle vida a todos. Pero la realidad es que no todos quieren el avivamiento, porque no todos quieren arrepentirse del pecado que tanto aman.

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios. [Juan 3.19-21]

Fíjese otra vez en las palabras del Señor en Mateo 12.41. ¿Sabe por qué no hubo ningún “avivamiento” en los días de Jesús — por qué no vemos multitudes de judíos arrepentidos, volviendo a su Dios como sucedió en Nínive? ¿Era porque Dios no hizo una obra especial entre ellos? ¡Jamás! Dios mismo — Dios en la carne — estaba entre ellos haciendo “obras especiales” (milagro tras milagro) por años. ¿Por qué no hubo un gran avivamiento como en Nínive, entonces? Es sencillo: Los hombres no quisieron arrepentirse de sus pecados cuando oyeron la predicación de Jesús.

¿Quiere usted ver el poder de Dios? Yo sí. Sigamos el patrón de la Escritura:

  1. (Rom 1.16 con 1Cor 1.18) Puesto que el evangelio es el poder de Dios, prediquemos el evangelio a los no cristianos.
  2. (1Cor 1.21) Es por la “locura de la predicación” de la cruz que el poder de Dios se manifiesta. Si no predicamos — si no evangelizamos — nunca veremos el poder de Dios.
  3. (Hech 1.8) Dios ya nos ha dado de Su poder en la presencia del Espíritu Santo en nosotros y nos dijo cual es el propósito divino en esto: ¡Testificar!
  4. (Luc 24.49) Este es el “poder desde lo alto” — es la promesa del Padre, la promesa de darnos el Espíritu Santo (Hech 1.4-5, 8). Usted y yo, los cristianos, ya hemos recibido esta promesa: Rom 8.9; 1Cor 12.13; Ef 1.13-14. Por lo tanto, ¡Dios ya nos dio de Su poder!

Pero nunca veremos la manifestación de este poder si no salimos a testificar — si no estamos evangelizando intencionalmente. Y para los que ya están evangelizando, no se desanimen si no ven el fruto que tanto desean (aunque la falta de fruto siempre nos afecta, porque afecta a Jesús, y Él, por Su Espíritu, mora en nosotros; Luc 19.41-42). Entienda que cada vez que usted predica el evangelio a un inconverso, Dios le da a ese inconverso suficiente fe para ser salvo (Rom 10.17)… pero… tristemente, son pocos los que quieren responder al llamamiento del evangelio y arrepentirse de sus pecados para poner su fe en el Señor Jesucristo (Rom 10.16).

Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios. [Rom 10.13-17]

Sigamos fieles al Señor. Hagamos nuestra parte en la obra: Prediquemos el evangelio a toda criatura. Oremos por la gloria de Dios en la salvación de muchos. Y dejemos lo demás en las manos del Señor.