Estaba repasando el quinto capítulo del libro de los sietes — el capítulo de las siete resurrecciones — y me topé con la enseñanza que sigue. Me dio una sonrisa, entonces quise compartirla con ustedes. Espero que puedan entenderla sin mucho más del contexto de los comentarios.

Pablo dice que nuestros nuevos cuerpos (los cuerpos glorificados que recibiremos en la resurrección que toma lugar en nuestro arrebatamiento) serán “como el de Cristo”.

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. [Flp 3.20-21]

Debido a esto, podemos estudiar cómo era el cuerpo del Señor después de Su resurrección para saber cómo serán los nuestros después de nuestra resurrección.

Entre varios otros aspectos, nuestros nuevos cuerpos podrán desaparecer y luego volver a aparecer como de la nada. Además, podremos pasar por paredes y puertas.

Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. [Luc 24.31]

Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. [Luc 24.36-37]

Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. [Jn 20.19]

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. [Jn 20.26]

¿Alguna vez ha pensado en lo que Cristo dijo en el Sermón del Monte (Mat 5-7) acerca de “darle la otra mejilla” al que le pega en la cara? Hay que entender el contexto de este discurso primero para poder ubicarlo bien en la sucesión de eventos en el plan de Dios. El Sermón del Monte es la Constitución del Reino Mesiánico (lo que ahora llamamos el Milenio; Apoc 20.1-6). Cristo llegó en Su primera venida y les ofreció el reino a los judíos. El Sermón del Monte es la Constitución de cómo se regirá aquel reino de Jesucristo en la tierra. Dentro de dicha Constitución, hay ciertas instrucciones en cuanto a qué hacer cuando alguien le ataca.

Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. [Mat 6.38-39]

No se debería responderle porque antes de que el malo le pueda pegar otra vez, un hijo de Dios (uno de nosotros ya glorificado, ya reinando con Cristo, ya con responsabilidad en el Milenio) aparecerá “de la nada” para rectificar la situación. [Reinar con Cristo es nuestra herencia en el Milenio: Luc 19.11-27; Rom 8.17; 2Tim 2.12].

Hoy día no es así. No estamos viviendo en el Milenio, el Reino Mesiánico. No tenemos cuerpos glorificados. No hay nadie que pueda aparecer de la nada y ayudarnos. Cristo sabía esto cuando aplazó la venida de Su reino unos dos mil años (para hasta después de la época de la Iglesia). Entonces, nos dio (a los que estamos viviendo entre Su crucifixión y Su segunda venida) unas instrucciones bastante diferentes. Debemos armarnos y defendernos de los malos.

Y a ellos dijo: Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada. Y les dijo: Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja; y el que no tiene espada, venda su capa y compre una. Porque os digo que es necesario que se cumpla todavía en mí aquello que está escrito: Y fue contado con los inicuos; porque lo que está escrito de mí, tiene cumplimiento. Entonces ellos dijeron: Señor, aquí hay dos espadas. Y él les dijo: Basta. [Luc 22.35-38]

Pero no será así para siempre. Será muy diferente en el Milenio porque nosotros estaremos ahí con cuerpos glorificados reinando con Cristo (o sea, participando en el gobierno del mundo en el Milenio). Así que…

El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.[Apoc 22.20-21]