Confirmando su verdadera conversión. Un estudio de Lucas 2.15-20.

La vida está llena de acontecimientos desde el propio momento de nuestro nacimiento. Algunos son buenos; provocan alegría, emoción, e incluso gozo. Otros acontecimientos son malos; provocan dolor, inconformidad, tristeza y desfallecimiento. Ambos tienen algo en común: todos nosotros estamos expuestos a ellos.

Entre los mejores acontecimientos podemos mencionar: nacimientos, logros, familia, trabajo y ahí podríamos desarrollar una lista enorme. Pero entre los peores acontecimientos podemos mencionar: los fracasos, las decepciones y el dolor de la muerte.

Pero si hay algo doloroso a lo que estamos expuestos en la vida es el engaño. Hay engaños de engaños con motivos de motivos: algunos se construyen en segundos; sencillos, elaborados. Algunos se sostienen por poco tiempo, otros son duraderos. Vivir en una mentira, en un engaño es horrible y en algún momento, en alguna área de nuestra vida, nos ha sucedido eso.

Pero hay algo mucho más horrible y dañino que el engaño y es auto engañarse. Todos vivimos en nuestra vida, en algún momento, algún autoengaño. Algo que sabíamos que estaba mal, pero no queríamos aceptarlo porque era doloroso o simplemente nos incomodaría sobrellevarlo. Lo cierto es que en algún momento nos hemos engañado a nosotros mismos.

Pero lo más difícil del autoengaño es salir del mismo. Tal vez entramos ahí por comodidad (era lo más fácil de creer). Y es difícil salir de ahí por varias cosas: 1) tal vez ya hay costumbre, 2) salir de ahí sería como cambiar toda su vida, exponerse a cosas que no le gustaban y además tiene que ver con su orgullo.

Duele reconocer que uno estaba engañándose, el orgullo hace su trabajo sucio. Lo peor es que ese orgullo puede traer consecuencias devastadoras; la más grande de ellas es con respecto a la salvación. Muchas personas se autoengañan creyendo que son salvas y es posible que algún día escuchen a Dios diciendo:

“Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”. Mt. 7.23.

La consecuencia devastadora es la perdición eterna. Y tal vez la pregunta retumbe o ha retumbado en su cabeza: ¿de verdad seré salvo o estaré viviendo un engaño?, ¿cómo estar seguros de nuestra salvación? Lucas nos da una bella analogía a través de una historia, es una historia que nos puede sacar del engaño.

Es la historia de unos pastores, los primeros pastores en ver a Jesús. La reacción de los pastores es muy importante para nosotros, necesitamos escudriñarla. Debemos hacer eso porque la reacción de estos cuidadores de ovejas refleja directamente lo que es una verdadera conversión.

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