Cada persona que hoy quiera salvarse, deberá aplicar la sangre del Cordero de Dios a su vida, personalmente.

Doctrinalmente, la Pascua es uno de los cuadros más bellos que Dios ha preservado en las Escrituras de la obra salvadora de nuestro Señor. Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, se ofrece voluntariamente para ser inmolado y su alma quemada en el fuego del infierno. Su sangre sirve como expiación a los que creen, y así somos salvados de la plaga de mortandad, que es el justo juicio sobre los que viven en la impiedad de Egipto (cuadro del mundo).

“Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros”. 1Cor. 5.7.

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