El domingo pasado estudiamos un poco acerca de la “unión hipostática” de las dos naturalezas en Cristo Jesús. Él tiene una naturaleza divina (Él es Dios) y una naturaleza humana (Él es hombre), pero Él mismo es sólo un Ser — es únicamente una Persona, no dos. En este artículo quisiera compartir algunos pensamientos interesantes acerca de la humanidad de Cristo Jesús (por lo menos yo los encuento interesantes, espero que usted también). El contenido aquí gira alrededor de estas tres ideas generales:

  1. Jesucristo tenía una mente humana, una intelecto humano (además de la mente divina).
  2. Tenía un cuerpo humano (además de ser Dios mismo).
  3. Tenía una voluntad humana (además de tener la voluntad divina).

En Su deidad (o sea, como Dios) Jesucristo nunca ha cambiado, pero como hombre, sí. Su “humanidad” no es eterna porque empezó con Su concepción y nacimiento de una virgen (empezó cuando el Padre lo engendró; Luc 1.35). Honestamente, aquí es donde empieza el “misterio” de este asunto. Pero antes de entrar en esto, veamos lo que la Biblia dice con claridad acerca de la humanidad de Cristo.

Jesús nació como un bebé (de una virgen, pero de todos modos como un bebé).

Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. [Luc 1.34-35]

Algo importante que hemos de observar aquí es el hecho que este bebé era “el Santo Ser” cuando fue engendrado.  Él no tenía un padre humano y por esto no tenía una naturaleza pecaminosa como nosotros (este asunto del “pecado original” que nos da la tendencia a pecar desde nuestro nacimiento físico). Cristo nació como un ser humano—como un hombre—perfecto, sin la naturaleza pecaminosa y sin el “pecado original”. Piénselo como era la situación de Adán antes de su caída: Cristo nació libre del pecado y “perfecto” como era Adán cuando Dios lo creó.

Sin embargo, Él era “humano” en todo sentido (salvo por esto de la naturaleza pecaminosa). Jesús creció como cualquier otro niño y como cualquier otro joven.

Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él. [Luc 2.40]

Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. [Luc 2.52]

Aprendió cosas como cualquier otro: Creció en sabiduría (o sea, tenía una mente humana, una intelecto humano). Se desarrolló físicamente como cualquier otro: Creció en estatura (tenía un cuerpo humano). También creció en madurez (en Su capacidad moral, si podemos decirlo así sin implicar que Él no fuera moral al principio—por supuesto que, sí, lo era y lo es).  Esto quiere decir que la capacidad moral de Jesús era probada delante de Dios y delante de los hombres igual que con todos nosotros. Es por esto que vemos que Él creció en gracia (en “aprobación”) con Dios y con los hombres.

En este asunto vemos que Jesucristo tenía una voluntad humana y por lo tanto pudo escoger entre el bien y el mal exactamente como cualquier otro ser humano (por esto somos “criaturas morales”). Este es el sentido de “aprender la obediencia” por “lo que padeció” que vemos en Hebreos.

Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia. [Heb 5.8]

No es que fuera desobediente y luego por el castigo aprendió a obedecer. Más bien, Jesús tuvo que enfrentar situaciones “moralmente difíciles” y en esto “padeció” cada vez que lo hizo, pero siempre obedecía. Nunca falló ni un sola vez. Entonces, Él “aprendió” la obediencia en el sentido que cada prueba era más difícil que la anterior y le requirió más padecimiento y más obediencia. Así “creció” en Su obediencia y puesto que nunca falló, así creció en “gracia” (en aprobación) con Dios y los hombres.

Vemos muchas veces en los Evangelios que Jesucristo padecía de las mismas debilidades y limitaciones que nosotros tenemos. Por ejemplo, caminando por Samaria, se cansó y quiso parar para descansar (es cuando se sentó junto al pozo y tuvo Su “encuentro evangelístico” con la mujer samaritana).

Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. [Juan 4.6]

En la cruz Él tenía sed.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed. [Juan 19.28]

Durante Su tentación en el desierto Jesucristo tenía hambre porque no había comido por 40 días.

Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. [Mat 4.2]

Aun experimentó las mismas emociones que nosotros, como por ejemplo la tristeza y la angustia.

Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. [Juan 12.27]

Habiendo dicho Jesús esto, se conmovió en espíritu, y declaró y dijo: De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar. [Juan 13.21]

Cristo experimentó toda la humanidad (todo lo que nosotros experimentamos), pero con una diferencia distinta: Él nunca pecó. En esto, nosotros los cristianos podemos encontrar mucho consuelo, y si queremos experimentarlo sólo tenemos que acercarnos a Dios por medio de la Palabra y la oración.

Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. [Heb 4.14-16]