Hemos recorrido un largo camino estudiando Primera y Segunda de Corintios, y hemos visto cómo Dios nos lleva a través de sus enseñanzas, desde la inmadurez espiritual hasta la firmeza en el ministerio. Sabemos que el siguiente paso es proseguir hacia la perfección, descubriendo y desarrollando nuestro ministerio conforme a los dones que cada uno tiene.

Esto es simplemente el vivir cristiano. No tiene nada de extraordinario, aunque nos parece que sólo personas extraordinarias se atreven a andar de esta manera, porque la mayoría somos apáticos e indiferentes. Sin embargo no se debe a que Dios no pueda llevarnos de la mano por ese camino, sino a que los cristianos hemos dejado de obedecer el mandato de vivir a Cristo y trasmitir a Cristo.

Si nos dejamos utilizar por Dios tal como está escrito en la Biblia, seremos hombres y mujeres con un propósito eterno, ocupados en cumplir la misión de los hijos de Dios en esta tierra.

Misioneros. Es una palabra que se ha rodeado de romanticismo vacío. Pero a pesar de cómo se ha torcido el término, si estamos en Cristo eso es precisamente lo que somos. Cada uno de nosotros es un misionero en donde sea que estemos y a toda hora. Y puesto que ocupamos comprender mejor cómo es y cómo vive una congregación misionera, debemos estudiar una iglesia en la Biblia que apoye y trabaje en misiones, para imitarla. Esa es la iglesia de los filipenses.

Por esta razón estaremos unos meses dedicados al estudio expositivo de este libro, capítulo por capítulo y versículo por versículo. A través del estudio de esta epístola deseamos llevar a su corazón el gozo y el regocijo que proviene de un andar con el Señor, y que compensa con creces el desgaste de accionar en la misión que tenemos que cumplir.

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