Luchando como siervos, como imitadores de Jesucristo. Así debemos andar en esta tierra, ocupados en nuestra salvación, trabajando en la obra que Dios nos ha encargado, confiando en que Él produce en nosotros el deseo y la capacidad de hacerlo. Estas son las cosas que hemos estado estudiando las semanas anteriores.

No se puede enfatizar suficiente en que el estudio de estas cosas deben reflejarse en un estilo de vida que se distancia de lo convencional.

El sistema del mundo nos ofrece centrar todo en el egoísmo. Dejarse arrastrar por la carne siempre da como producto vidas vacías y arruinadas. Las consecuencias de seguir todo lo que hay en el mundo (“los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida”, ver 1Jn. 2.16) es lo que se palpa en la mayoría de las personas y en cómo viven.

Mentiras, pleitos, celos, avaricia, codicias, robos, chismes, malas palabras, obscenidad, blasfemias, superficialidad, agresividad, depresión, lujuria, odio, trabajo en exceso, obsesiones, deudas, divorcios, alcoholismo y toda clase de vicios. Estas cosas son normales para la gente común y corriente.

Ya desde la escuela y colegio se va permeando en la gente modos de pensar de actuar que son destructivos. La gran mayoría al alcanzar la madurez de edad ya llevan a sus espaldas el peso de una vida desordenada y sin sentido. Evidentemente esto no es lo peor, sino que sin saberlo andan por ahí muertos en sus delitos y pecados (Ef. 2.1), a un paso de morir ser hallados culpables delante del Juez Justo (Ap. 20.15).

Así es el mundo. Es un lugar de oscuridad a plena luz. Son generaciones y generaciones de personas destruidas por dentro, separadas de Dios y aisladas de la vida espiritual. En medio de ellos andamos nosotros, que hemos sido redimidos por Cristo y regenerados por el Espíritu Santo.

Es claro que la diferencia se debe notar. De esto nos habla hoy Pablo, de cómo la luz de Dios debe brillar en este mundo oscuro a través de los cristianos. Al final de este pasaje vemos al misionero gozarse aun en la muerte, viendo el fruto de su trabajo brillar con la luz del evangelio en la vida de los filipenses.

Hermanos, si somos luminares en el mundo, entonces resplandezcamos asidos a la palabra de vida.

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