En este primer capítulo de Filipenses estamos estudiando sobre nuestro combate por el progreso del evangelio, y la idea principal es que las buenas iglesias (que muestran compromiso con la misión de ir y hacer discípulos de Jesús) están combatiendo unánimes, firmes en un mismo espíritu (Fil. 1.27).

Sin embargo en el pasaje de hoy encontramos que ya en el primer siglo, en Roma y en otros lugares, estaba ocurriendo precisamente lo opuesto: algunos estaban predicando a Cristo por envidia y contienda, con el afán de causarle aflicción a Pablo. Es increíble, pero estas cosas tan feas ya se daban en la primera generación de creyentes.

Hoy Pablo nos enseña que el gozo del cristiano debe estar en la predicación del evangelio. Puesto que el evangelio fue puesto por Dios y no cambia, si nuestro gozo está fundamentado en eso, está asegurado. La lección para nosotros hoy es muy sencilla: sí, debemos intentar mantenernos unánimes aunque es virtualmente imposible, pero lo que importa por encima de cualquier otra cosa es que Cristo sea anunciado. Ahí está nuestro gozo.

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