La lepra como la vemos en la Biblia era una enfermedad profunda, que se extendía y que no tenía cura. Así es el pecado: aunque los síntomas aparecen en la superficie el origen está arraigado en lo más profundo, se expande y propaga con el paso del tiempo llegando a abarcar más y más áreas de nuestra vida, y no tiene remedio humanamente hablando.

Dios espera que reconozcamos nuestro pecado hasta que cunda en toda nuestra vida y que nos presentemos delante de Él sabiendo lo que somos para que Él nos declare limpios por la sangre de Su Hijo, que se derramó en expiación por nuestras culpas. Luego espera que, como nuevas criaturas ya lavados de la lepra del pecado, andemos en santidad para testimonio a los demás y que nos presentemos agradecidos a los pies de Jesús, para dar gloria a Dios con nuestra nueva vida.

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