En los versículos anteriores estuvimos hablando de cómo no debemos unirnos en yugo desigual, de cómo debe de existir una separación de lo que es santo y lo que no lo es.

Hablamos mucho de tener cuidado y de examinarnos de no ser nosotros los que causábamos el yugo desigual, al ser incrédulos y caer en el error del inconverso, al no creerle a Dios en su Palabra.

También vimos cómo debemos de limpiarnos, tanto por fuera como por dentro. Muchas veces las personas tratan de limpiar sus apariencias exteriores (i.e. dejar de consumir ciertas cosas – cigarrillos, alcohol, etc -) pero igual internamente siguen mal.

Este era el gran problema de los fariseos, cumplían con la ley de Dios, e inclusive ponían otras más sobre sus hombros, pero lamentablemente era pura apariencia, pues internamente eran sucios y torcidos.

Hoy Dios nos trae, por medio de lo que le sucedía a Pablo con los Corintios, unos consejos prácticos de cómo conducirnos en el ministerio.

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