Somos llamados a la santidad. En Hebreos 12.14 dice que sin la santidad nadie verá al Señor. Sabemos que en Cristo hemos sido apartados, justificados y santificados para Dios (1Cor. 6.11; Heb. 2.11), pero eso no quiere decir que nos estanquemos en nuestro andar y dejemos de procurar ir en pos de la santidad. Todo lo contrario, significa que debemos buscar diligentemente ser más como Cristo (Ef. 4.13).

Este proceso de santificación es el tema de 2Corintios capítulos 6 y 7. El ministro de Cristo debe ir conformándose a la imagen de su Maestro. No es posible tener orden en el ministerio para poder cumplir con la gran comisión, si los ministros no están buscando individualmente ejercitarse para la piedad (1Tim. 4.7-8).

Si usted quiere ser un ministro firme, su estilo de vida debe reflejar un genuino deseo de limpiarse de las contaminaciones. Así como para guardar una buena apariencia física y mantener nuestro cuerpo limpio y saludable es necesario hacer una inversión fuerte de esfuerzo y disciplina, así también (y con más razón) debemos esforzarnos y disciplinarnos en la limpieza y purificación de nuestra alma.

Todo esto lo hacemos a partir de un principio bíblico clave: Dios todo lo ve y todo lo sabe, aun lo más oculto de su alma. Por lo tanto no estamos hablando de guardar una “fachada de cristianismo”, sino de lo que realmente usted piensa, hace y es. Andar en el temor de Dios es bueno, nos coloca en la perspectiva correcta.

Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios. 2Cor. 7.1.

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