Hoy hablaremos del corazón del ministro. De cómo un verdadero ministro de Cristo tiene el corazón ensanchado hacia sus hermanos, y de cómo cada discípulo de Cristo, conforme se va estableciendo en el ministerio, debe manifestar esta característica.

El cristiano inmaduro puede caer en el error de estrechar su corazón, al punto de dudar o tener celos de los ministros fieles. Este era un problema de los corintios. Se habían dejado engañar, prestando oído a las palabras de falsos hermanos que querían desprestigiar a Pablo como apóstol de Cristo. Entradas las dudas y el recelo, para ellos les era más difícil recibir la sana instrucción del líder, en este caso de Pablo.

Cuando en la iglesia la congregación duda sin razón de la integridad de su liderazgo, es porque tienen el corazón estrecho respecto de ellos. No tienen ojos para valorar el esfuerzo que se hace en la obra, sino que andan criticando –si no abiertamente, en lo íntimo de sus corazones– el trabajo de los demás.

No es bueno vivir con estas sospechas y celos entre hermanos. Cuando tenemos algo en contra de un hermano debemos ir directamente a conversarlo con un espíritu de conciliación, para mantener la paz y unidad en la congregación (Rom. 12.18; Mt. 18.15; Gál. 6.10). Pero si con honestidad y una conciencia atenta nos damos cuenta que hemos estado estrechando nuestro corazón sin ningún motivo o por egoísmo, debemos arrepentirnos y dejar de hacerlo, para poder seguir en nuestro andar apoyándonos y edificándonos unos a otros.

Vea el corazón de los buenos ministros (cómo se ensancha hacia los hermanos con amor), y empiece a hacer lo mismo para que pueda usted también lograr la firmeza en el ministerio, buscando la santidad y un carácter como el de Cristo.

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