Conozca bien su ministerio para que no desmaye.

Empezamos con el capítulo 4, sobre la firmeza en la renovación. Ya estamos hablando sobre nuestro ministerio, de la justificación y del espíritu, para el cual no somos suficientes (pero Cristo es nuestra suficiencia, 2Cor. 2.14, 16b) y para el cual no somos capaces (pero Él nos hace competentes, 2Cor. 3.6).

¿Cómo es que Dios nos capacita para este ministerio? Pues lo hace por medio de una renovación de nuestro ser, empezando al momento de nuestra conversión, y siguiendo en este proceso de santificación durante toda la vida, en la certeza de la resurrección futura (1Cor. 15.54).

La apatía e indiferencia de muchos cristianos que se han enfriado con los años viene principalmente por una deficiente comprensión de su ministerio, del mundo en que vivimos y de las herramientas que Dios nos ha dejado para trabajar. El problema es que no saben cómo dar sus pasos.

El ministro que quiera estar firme debe tener una buena motivación para andar. Y una buena forma en que un ministro de Cristo puede motivarse para ir en pos de la santidad es comprendiendo correctamente su ministerio: se trata acerca de la reconciliación de los hombres con el Creador (2Cor. 5.18-19), es un privilegio inmerecido dado por gracia (1Cor. 15.10) y viene con un enorme peso de gloria (2Cor. 3.11).

Pero además, en este andar el ministro debe saber vigilar sus pasos, y saber cómo es el campo de batalla en el cual vive, para que entienda el contexto de lo que pasa y así no se frustre ni se desespere.

También es crucial que el ministro sepa cuáles son las armas que Dios ha dejado para capacitarnos en esta tarea, de tal manera que no vaya dando golpes al aire, sino que sea entendido de qué quiere El Señor que hagamos, y cómo espera que lo hagamos (1Cor. 9.25-27).

Así que si usted quiere ser un ministro firme debe pensar como un soldado en plena batalla: entienda bien la misión, mida sus pasos, conozca su entorno y sepa usar sus armas.

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