Pablo no quería gloriarse con los corintios, así como tampoco quería seguir amonestándolos. Él lo que deseaba era que llegaran a la madurez espiritual para que compartieran con él la misión de edificar la iglesia. Sabía que esto era lo mejor para ellos, y por eso se esforzaba tanto en ayudarlos. Pero debido a la terquedad de los corintios y al peligro que se cernía sobre las iglesias por la infiltración de falsos ministros, se vio forzado a defender su ministerio y (a regañadientes) sacar sus credenciales como apóstol del Señor.

Hoy recordaremos que el cristiano tiene una naturaleza dual. Entender esta dualidad y saber aplicarla nos da el equilibrio bíblico que debemos procurar mientras estamos en esta tierra. Ciertamente la obra que Dios ha hecho en nosotros es increíble, digna de gloriarse; pero el Señor en su sabiduría nos ha dejado aún en nuestros cuerpos mortales y débiles, de forma que no caigamos en el pecado de la arrogancia.

A Pablo le fue dada visión y revelaciones en su hombre interior. Sin embargo su hombre exterior le servía para recordar que nada de eso era por su cuenta, sino que todo era un don de Dios. Nosotros tenemos la Escritura, que el Espíritu nos revela para sepamos las cosas espirituales en el hombre interior, pero la debilidad de nuestra naturaleza externa tiene que servirnos para no enaltecernos.

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